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Archive for 30 agosto 2008

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí, para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender, coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca, y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos, el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Fragmento de “Rayuela” de Julio Cortázar

 

 

 

 

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“El señor Bartleboom deja la pluma, dobla la hoja, la mete en un sobre. Se levanta, coge de su baúl una caja de caoba, levanta la tapa, deja caer la carta en su interior, abierta y sin señas. En la caja hay centenares de sobres iguales. Abiertos y sin señas.

Bartleboom tiene treinta y ocho años. Él cree que en alguna parte, por el mundo, encontrará a una mujer que, desde siempre, es su mujer. De vez en cuando lamenta que el destino se obstine en hacerle esperar, con obstinación tan descortés, pero con el tiempo ha aprendido en el asunto con gran serenidad. Casi cada día, desde hace ya años, toma la pluma y le escribe. No tiene nombre y no tiene señas para poner en los sobres, pero tiene una vida que contar. Y ¿a quién sino a ella? Él cree que cuando se encuentren será hermoso depositar en su regazo una caja de caoba repleta de cartas y decirle

– Te esperaba.

Ella abrirá la caja y lentamente, cuando quiera, leerá las cartas una a una y retrocediendo por un kilométrico hilo de tinta azul recobrará los años -los días, los instantes- que ese hombre, incluso antes de conocerla, ya le había regalado. O tal vez, más sencillamente, volcará la caja y, atónita ante aquella divertida nevada de cartas, sonreirá diciéndole a ese hombre

– Tú estás loco.

Y lo amará para siempre”.

“Océano mar” de Baricco

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Espejo

Hay una noche, un día,

un tiempo hueco, sin testigos,

sin lágrimas, sin fondo, sin olvidos,

una noche de uñas y silencio,

páramo sin orillas,

isla de yelo entre los días,

una noche sin nadie

sino su soledad multiplicada.

Se regresa de unos labios

nocturnos, fluviales,

lentas orillas de coral y savia,

de un deseo, erguido

como la flor bajo la lluvia, insomne,

collar de fuego al cuello de la noche,

o se regresa de uno mismo a uno mismo,

y entre espejos impávidos un rostro

me repite a mi rostro, un rostro

que enmascara a mi rostro.

Frente a los juegos fatuos del espejo

mi ser es pira y es ceniza,

respira y es ceniza,

y ardo y me quemo y resplandezco y miento

un yo que empuña, muerto,

una daga de humo que le finge

la evidencia de sangre de la herida,

y un yo, mi yo penúltimo,

que sólo pide olvido, sombra, nada,

final mentira que le enciende y quema.

De una máscara a otra

hay siempre un yo penúltimo que pide.

Y me hundo en mi mismo y no me toco.

De “Libertad bajo palabra” de Octavio Paz

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Mil máscaras

Muchas veces me veo fingiendo,

fingiendo ante la gente, ante la vida, ante mí.

Diciendo cosas que no pienso,

y pensando cosas que no siento,

recordando momentos que no han sucedido,

y deseando sueños que no necesito.

Engañándome con miedos que no tienen sentido,

y protegiéndome con escudas mentiras,

de todo aquello que me hace ser distinto.

Es como si quisiera no defraudar a nadie,

como si me impusiera caer bien a todo el mundo,

como si tuviera mil máscaras,

con las que dar a cada uno de lo suyo.

Hay veces en las que no me atrevo a decir no,

en las que tengo miedo a expresar lo que pienso,

en las que algo me impide mostrar,

todo lo que aquí dentro tengo.

Y me escudo tras una afirmación o una sonrisa,

tras un guiño o un “ lo que tú digas”.

No me atrevo a expresar verdaderamente lo que siento,

me importa más lo que de mí digan,

que lo que yo les cuento,

me importa más ganarme por encima de todo su cariño,

que ser con orgullo yo mismo,

me importa más darles contínuamente la razón,

que utilizar mi criterio aunque no me den su aprobación.

Finjo, finjo para no caer mal a la gente,

para ganarme de cada uno de ellos su respeto,

para tener la irreal ilusión de que me quieren,

para sentirme protegido en un mundo que no comprendo.

Finjo, y cada vez me siento más perdido,

más alejado de lo que verdaderamente quiero,

aunque tal vez ahí esté el principio de todo,

que no sé muy bien qué es lo que deseo,

que no sé muy bien cómo soy,

que no sé cuál es el camino ni a dónde voy.


Alfredo Cuervo Barrero

 

 

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¿ Por qué nosduelen tanto las palabras?,

dejamos que entren en nosotros,

apenas ya hayan sido escuchadas,

provengan de donde provengan nos afectan,

se clavan en nuestra cabeza como un eco,

que se expande y no para de darnos vueltas,

que murmulla y retumba a sus anchas,

hasta que cansado y victorioso se aleja,

dejando tras de sí los rastros de su presencia,

desmantelando el poco orden ya habituado,

a deshacerse con cada nueva esporádica tormenta.

Las cogemos y parece que ya no podemos soltarlas,

sobre todo a las que nos hieren,

a esas no nos basta con aceptarlas,

tenemos que repetírnoslas hasta que nos sangran,

siempre ajenas e insospechadas,

las que menos piensas son las que más te calan.

No hay porqué defenderse contra estas estacas,

la mayoría de las veces se alardea más de su dureza,

que de la profundidad y sentido con la que están hechas,

a través de ellas conocemos a quien las expresa,

sino sabe tratarlas ese es su problema,

insultos, desquites, rabias, ofensas,

nuestros oídos con éstas tienen que estar llenos de cera,

no han de merecer ni la más mínima respuesta.

Porque… y si en el fondo no fuesen más que nada,

impresiones, las escogemos o las ignoramos,

depende de nosotros que sean invitadas bienvenidas,

o huéspedes intrusos que pasean por nuestra morada,

y es que casi siempre parece que acaban por olvidarse,

ya sean promesas irrompibles juradas con el alma,

sueños soñados sedientos de un futuro que no se alcanza,

ilusiones alimentadas llenas de la mejor esperanza,

se quedan en humo si al final la acción no las acompaña,

si todo esto sólo existe tras coartadas de palabras.

Por eso prevalecerá un solo abrazo sobre un “te deseo”,

una sincera compañía sobre un ” qué tal el día”,

un compartido silencio sobre historias vacías,

una simple caricia sobre miles de frases repetidas.

apenas ya hayan sido escuchadas,

provengan de donde provengan nos afectan,

se clavan en nuestra cabeza como un eco,

que se expande y no para de darnos vueltas,

que murmulla y retumba a sus anchas,

hasta que cansado y victorioso se aleja,

dejando tras de sí los rastros de su presencia,

desmantelando el poco orden ya habituado,

a deshacerse con cada nueva esporádica tormenta.

Las cogemos y parece que ya no podemos soltarlas,

sobre todo a las que nos hieren,

a esas no nos basta con aceptarlas,

tenemos que repetírnoslas hasta que nos sangran,

siempre ajenas e insospechadas,

las que menos piensas son las que más te calan.

No hay porqué defenderse contra estas estacas,

la mayoría de las veces se alardea más de su dureza,

que de la profundidad y sentido con la que están hechas,

a través de ellas conocemos a quien las expresa,

sino sabe tratarlas ese es su problema,

insultos, desquites, rabias, ofensas,

nuestros oídos con éstas tienen que estar llenos de cera,

no han de merecer ni la más mínima respuesta.

Porque… y si en el fondo no fuesen mas que nada,

impresiones, las escogemos o las ignoramos,

depende de nosotros que sean invitadas bienvenidas,

o huéspedes intrusos que pasean por nuestra morada,

y es que casi siempre parece que acaban por olvidarse,

ya sean promesas irrompibles juradas con el alma,

sueños soñados sedientos de un futuro que no se alcanza,

ilusiones alimentadas llenas de la mejor esperanza,

se quedan en humo si al final la acción no las acompaña,

si todo esto sólo existe tras coartadas de palabras.

Por eso prevalecerá un solo abrazo sobre un “te deseo”,

una sincera compañía sobre un ” qué tal el día”,

un compartido silencio sobre historias vacías.

 

Alfredo Cuervo Barrero

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“No intentes enterrar el dolor: se extenderá a través de la tierra, bajo tus pies; se filtrará en el agua que hayas de beber y te envenenará la sangre. Las heridas se cierran, pero siempre quedan cicatrices más o menos visibles que volverán a molestar cuando cambie el tiempo, recordándote en la piel su existencia, y con ella el golpe que las originó. Y el recuerdo del golpe afectará a decisiones futuras, creará miedos inútiles y tristezas arrastradas, y tú crecerás como una criatura apagada y cobarde. ¿Para qué intentar huir y dejar atrás la ciudad donde caíste? ¿Por la vana esperanza de que en otro lugar, en un clima más benigno, ya no te dolerán las cicatrices y beberás un agua más limpia? A tu alrededor se alzarán las mismas ruinas de tu vida, porque allá donde vayas llevarás a la ciudad contigo. No hay tierra nueva ni mar nuevo, la vida que has malogrado, malograda queda en cualquier parte del mundo”.

“Beatriz y los cuerpos celestes” de Lucía Etxebarría

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“A veces, uno cree que todo lo ha olvidado, que el óxido y el polvo de los años han destruído ya completamente lo que, a su voracidad, un día confiamos. Pero basta un sonido, un olor, un tacto repentino e inesperado, para que, de repente, el aluvión del tiempo caiga sin compasión sobre nosotros y la memoria se ilumine con el brillo y la rabia de un relámpago”.

“La lluvia amarilla” de Julio Llamazares

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