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Estoy contigo

Estoy contigo,
pero por encima de tu hombro
me dice adiós tu mano que se aleja.

Entonces yo contengo mi mano
para que no nos traicione ella también.

E insisto:
estoy contigo.
Los innegables títulos del adiós
abandonan entonces provisoriamente sus derechos.

Y nuestras manos se aquietan
en las equidistancias de estar juntos.

Roberto Juarroz

“El que observa, y descubre a la persona con la que siempre ha soñado, sabe que la energía sexual sucede antes que el propio sexo.
El mayor placer no es el sexo, es la pasión con la que se practica.
Cuando esta pasión es intensa, el sexo viene a consumar la danza, pero nunca es el punto principal.

El que esta enamorado hace el amor todo el tiempo,
incluso cuando no lo esta haciendo.

Cuando los cuerpos se encuentran es simplemente la gota que colma el vaso.

Pueden permanecer juntos durante horas, incluso días.

Pueden empezar la danza un día y acabar el día siguiente o incluso no acabar, de tanto placer.

Nada que ver con once minutos…

… al contrario de lo que mis clientes piensan,

el sexo no puede ser practicado a cualquier hora.

Hay un reloj escondido en cada uno de nosotros,
y para hacer el amor las manecillas de ambas personas
tiene que marcar la misma hora, el mismo tiempo.

Eso no sucede todos los días.

Aquel que ama no depende del acto sexual para sentirse bien.

Dos personas que están juntas, y que se quieren,
tienen que sincronizar sus manecillas,
con paciencia y perseverancia,
con juegos y representaciones ‘teatrales’
hasta entender que hacer el amor es mucho más que un encuentro:

Es un ‘abrazo’ de las partes genitales.
Todo tiene importancia.

Una persona que vive intensamente su vida goza todo el tiempo
y no hecha de menos el sexo.

Cuando practica el sexo, es por abundancia,
porque el vaso de vino esta tan lleno que desborda naturalmente,
porque es absolutamente inevitable,
porque acepta la llamada de la vida,
porque en ese momento,
sólo en ese momento,
consigue perder el control…”.

Fragmento de “Once minutos”
de Paulo Coelho

Te espero

Benedetti, uno de los máximos exponentes de la poesía universal contemporánea, falleció ayer, a los 88 años. Hoy dejo un poema suyo, porque él nos habla a través de sus versos. Escuchémosle. Hasta siempre, Benedetti. Fruto de admiración para toda persona que sienta la poesía y que viva por ella.

Te espero cuando la noche se haga día,
suspiros de esperanzas ya perdidas.
No creo que vengas, lo sé,
sé que no vendrás.
Sé que la distancia te hiere,
sé que las noches son más frías,
Sé que ya no estás.
Creo saber todo de ti.
Sé que el día de pronto se te hace noche:
sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices,
sé que soy un idiota al esperarte,
Pues sé que no vendrás.
Te espero cuando miremos al cielo de noche:
tu allá, yo aquí, añorando aquellos días
en los que un beso marcó la despedida,
Quizás por el resto de nuestras vidas.
Es triste hablar así.
Cuando el día se me hace de noche,
Y la Luna oculta ese sol tan radiante.
Me siento sólo, lo sé,
nunca supe de nada tanto en mi vida,
solo sé que me encuentro muy solo,
y que no estoy allí.
Mis disculpas por sentir así,
nunca mi intención ha sido ofenderte.
Nunca soñé con quererte,
ni con sentirme así.
Mi aire se acaba como agua en el desierto.
Mi vida se acorta pues no te llevo dentro.
Mi esperanza de vivir eres tu,
y no estoy allí.
¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás,
¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?
Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí.
Porque todas las noches me torturo pensando en ti.
¿Por qué no solo me olvido de ti?
¿Por qué no vivo solo así?
¿Por qué no solo….

Mario Benedetti

Báilame el agua

Úntame de amor y otras fragancias de tu jardín secreto.
Riégame de especias que dejen mi vida impregnada de tu olor.
Sácame de quicio.
Llévame a pasear atado con una correa que apriete demasiado.
Hazme sufrir.
Aviva las ascuas.
Ponme a secar como un trapo mojado.
No desates las cuerdas hasta que sea tarde.
Sírveme un vaso de agua ardiente y bendita que me queme por dentro,
que no sea tuya ni mía, que sea de todos.
Líbrame de mi estigma.
Llámame tonto.
Sacrifica tu aureola.
Perdóname.
Olvida todo lo que haya podido decir hasta ahora.
No me arrastres.
No me asustes.
Vete lejos.
Pero no sueltes mi mano.
Empecemos de nuevo.
Sangra mi labio con sanguijuelas de colores.
Fuma un cigarro para mí.
Traga el humo.
Arréglalo y que no vuelva a estropearse.
Échalo fuera.
Crúzate conmigo en una autopista a cien por hora.
Sueña retorcido.
Sueña feliz, que yo me encargaré de tus enemigos.
Dame la llave de tus oídos.
Toca mis ojos abiertos.
Nota la textura del calor.
Hasta reventar.
Sé yo mismo y no te arrepentirás.
¿Por cuánto te vendes?.
Regálame a tus ídolos.
Yo te enviaré a los míos.
Píllate los dedos.
Los lameré hasta que no sepan a miel.
Hasta que no dejen de ser miel.
Sal, niega todo y después vuelve.
Te invito a un café.
Caliente, claro.
Y sin azúcar.
Sin aliento.

[Daniel Valdes]

Al perderte yo a ti

Al perderte yo a ti, tú y yo he mos perdido:

yo porque tú eras lo que yo más amaba,

y tú porque yo era el que te amaba más.

Pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo:

porque yo podré amar a otras como te amaba a ti,

pero a ti no te amarán como te amaba yo.

Ernesto Cardenal

Olvido

Cierra los ojos y a oscuras piérdete

bajo el follaje rojo de tus párpados.

Húndete en esas espirales

del sonido que zumba y cae

y suena allí, remoro,

hacia el sitio del tímpano, como una catarata ensordecida.

Hunde tu ser a oscuras,

anégate la piel,

y más, en tus entrañas,

que te deslumbre y ciegue

el hueso, lívida centella,

y entre simas y golfos de tiniebla

abra su azul penacho al fuego fatuo.

En esa sombra líquida del sueño

moja tu desnudez;

abandona tu forma, espuma

que no sabe quien dejó en la orilla;

piérdete en ti, infinita,

en tu infinito ser,

ser que se pierde en otro mar:

olvídate y olvídame.

En ese olvido sin edad ni fondo,

labios, besos, amor, todo renace:

las estrellas son hijas de la noche.

Octavio Paz

No existe el tiempo…

No existe el tiempo,
no la distancia,
no la muerte;
existe la vibración,
el movimiento,
el incesante cambio:
ser, dejar de ser para volver a ser.
Un segundo trae ya la carga de su muerte
y el embrión de su vida.
La yerba que pisamos,
aquél sofá de mimbre,
tu explicación de Bergson,
la dulce cama,
todo tiene esa dimensión remota
de una isla escondida
en el centro mismo del devenir
para evadir la muerte
y ser pura vibración, puro presente.

“Elegía XVI” de “Canción de Moisés” de Enriqueta Ochoa

Tu nombre

Trato de escribir en la oscuridad tu nombre. Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras esto. No quiero que nadie se entere, que nadie me mire a las tres de la mañana, paseando a lo largo de la estancia, loco, lleno de ti, iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer.

Jaime Sabines

Si muero, sobrevíveme…

Si muero, sobrevíveme con tanta fuerza pura

que despiertas la furia del pálido y del frío,

de sur a sur levanta tus ojos indelebles,

de sol a sol que suene tu boca de guitarra.

 

No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,

no quiero que se muera mi herencia de alegría,

no llames a mi pecho, estoy ausente.

Vive en mi ausencia como en una casa.

 

Es una casa tan grande la ausencia

que pasarás en ella a través de los muros

y colgarás los cuadros en el aire.

 

Es una casa tan transparente la ausencia

que yo sin vida te veré vivir

y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.

 Soneto XCIV “Cien sonetos de amor” de Pablo Neruda

“Mi abuela tenía una teoría muy interesante; decía que todos nacemos con una caja de fósforos adentro, pero que no podemos encenderlos solos. Necesitamos la ayuda del oxígeno y una vela. En este caso el oxígeno, por ejemplo, vendría del aliento de la persona que amamos; la vela podría ser cualquier tipo de comida, música, caricia, palabra o sonido que engendre la explosión que encenderá uno de los fósforos. Por un momento, nos deslumbra una emoción intensa. Una tibieza placentera crece dentro de nosotros, desvaneciéndose a medida que pasa el tiempo, hasta que llega una nueva explosión a revivirla. Cada persona tiene que descubrir qué disparará esas explosiones para poder vivir, puesto que la combustión que ocurre cuando uno de los fósforos se enciende es lo que nutre al alma. Ese fuego, en resumen, es su alimento. Si uno no averigua a tiempo qué cosa inicia esas explosiones, la caja de fósforos se humedece y ni uno solo de los fósforos se encenderá nunca”.

“Como agua para chocolate” de Laura Esquivel

 

 

 

“Cuando nuestros corazones se sienten acorralados por el olvido es cuando forzamos a salir a nuestros sentimientos”.

“A lo largo de los cruces de tu camino te encuentras con otras vidas: conocerlas o no conocerlas, vivirlas a fondo o dejarlas correr es asunto que sólo depende de la elección que efectúas en un instante. Aunque no lo sepas, en pasar de largo o desviarte a menudo está en juego tu existencia, y la de quien está a tu lado”.

“Donde el corazón te lleve” de Susanna Tamaro

“Dicen que la melancolía nace en el corazón de las personas cuando éstas ven que el amor de su vida se va para siempre, pero que este sentimiento se desvanece cuando sus dos almas se juntas para vivir.”

“De toda realidad que nos rodea sólo logramos captar una parte restringida. Y en esa parte frecuentemente impera la confusión porque está toda repleta de palabras, y las palabras, la mayor parte de las veces, en lugar de conducirnos a un sitio más amplio, nos hacen dar vueltas como un tío vivo. La comprensión exige silencio.

“Donde el corazón te lleve” de Susanna Tamaro

Ayer

Ayer pasó el pasado lentamente
con su vacilación definitiva
sabiéndote infeliz y a la deriva
con tus dudas selladas en la frente

ayer pasó el pasado por el puente
y se llevó tu libertad cautiva
cambiando su silencio en carne viva
por tus leves alarmas de inocente

ayer pasó el pasado con su historia
y su deshilachada incertidumbre/
con su huella de espanto y de reproche

fue haciendo del dolor una costumbre
sembrando de fracasos tu memoria
y dejándote a solas con la noche.

Mario Benedetti

Ayer

Ese telón de sedas amarillas

que un sol aún dora y un suspiro ondea.

En el soplo, el ayer vacila, y cruje.

En el espacio aún es, pero se piensa

o se ve. Dormido quien lo mira no responde,

pues ve un silencio, o es un amor dormido.

           Dormir, vivir, morir. Lenta la seda cruje diminuta,

finísima, soñada: real. Quien es signo,

una imagen de quien pensó, y ahí queda.

Trama donde el vivir se urdió despacio, y hebra a hebra

quedó, para el aliento en que aún se agita.

 

          Ignorar es vivir. Saber, morirlo.

Vicente Aleixandre

“Anoche entraste en mi sueño con esa sonrisa tuya que siempre me abrazaba como un amante y me acunaba como un niño. Lo único que recuerdo del sueño, es una sensación de paz. Me levanté con esa sensación e intenté mantenerla viva todo lo posible. Te escribo para decirte que he emprendido un viaje hacia esa paz… “

“El mensaje” de Nicholas Sparks

Fui al sendero y pasé la mano por las hojas que tú habías tocado. Me llevé unas impresión al descubrir lo diferentes que eran de las que no habías tocado. Había un fulgor, una especie de combustión en mis dedos al pasarlos por el borde de aquellas hojas húmedas.

Fragmento de “Amor perdurable” de Ian MacEwan

Sabrás que no te amo y te amo

Sabrás que no te amo y que te amo.
Puesto que de los dos modos es la vida,
la palabra es un ala del silencio,
el fuego tiene su mitad de frío.

Yo te amo para comenzar a amarte;
para recomendar al infinito
y para no dejar de amarte nunca:
por eso no te amo todavía.

Te amo y no te amo, como si tuviera
en mis manos las llaves de la dicha
y un incierto destino desdichado.

Mi amor tiene dos vidas para amarte
por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo, cuando te amo.

Pablo Neruda

Me he quedado sin pulso

Me he quedado sin pulso y sin aliento

separado de ti. Cuando respiro,

el aire se me vuelve en un suspiro

y en polvo el corazón de desaliento.

 

No es que sienta tu ausencia el sentimiento.

Es que la siente el cuerpo. No te miro.

No te puedo tocar por más que estiro

los brazos como un ciego contra el viento.

 

Todo estaba detrás de tu figura.

Ausente tú, detrás todo de nada,

borroso yermo en el que desespero.

 

Ya no tiene paisaje mi amargura.

Prendida de tu ausencia mi mirada,

contra todo me doy, ciego me hiero.

Ángel González

Toco tu boca

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí, para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender, coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca, y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos, el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Fragmento de “Rayuela” de Julio Cortázar

 

 

 

 

“El señor Bartleboom deja la pluma, dobla la hoja, la mete en un sobre. Se levanta, coge de su baúl una caja de caoba, levanta la tapa, deja caer la carta en su interior, abierta y sin señas. En la caja hay centenares de sobres iguales. Abiertos y sin señas.

Bartleboom tiene treinta y ocho años. Él cree que en alguna parte, por el mundo, encontrará a una mujer que, desde siempre, es su mujer. De vez en cuando lamenta que el destino se obstine en hacerle esperar, con obstinación tan descortés, pero con el tiempo ha aprendido en el asunto con gran serenidad. Casi cada día, desde hace ya años, toma la pluma y le escribe. No tiene nombre y no tiene señas para poner en los sobres, pero tiene una vida que contar. Y ¿a quién sino a ella? Él cree que cuando se encuentren será hermoso depositar en su regazo una caja de caoba repleta de cartas y decirle

- Te esperaba.

Ella abrirá la caja y lentamente, cuando quiera, leerá las cartas una a una y retrocediendo por un kilométrico hilo de tinta azul recobrará los años -los días, los instantes- que ese hombre, incluso antes de conocerla, ya le había regalado. O tal vez, más sencillamente, volcará la caja y, atónita ante aquella divertida nevada de cartas, sonreirá diciéndole a ese hombre

- Tú estás loco.

Y lo amará para siempre”.

“Océano mar” de Baricco

Espejo

Hay una noche, un día,

un tiempo hueco, sin testigos,

sin lágrimas, sin fondo, sin olvidos,

una noche de uñas y silencio,

páramo sin orillas,

isla de yelo entre los días,

una noche sin nadie

sino su soledad multiplicada.

Se regresa de unos labios

nocturnos, fluviales,

lentas orillas de coral y savia,

de un deseo, erguido

como la flor bajo la lluvia, insomne,

collar de fuego al cuello de la noche,

o se regresa de uno mismo a uno mismo,

y entre espejos impávidos un rostro

me repite a mi rostro, un rostro

que enmascara a mi rostro.

Frente a los juegos fatuos del espejo

mi ser es pira y es ceniza,

respira y es ceniza,

y ardo y me quemo y resplandezco y miento

un yo que empuña, muerto,

una daga de humo que le finge

la evidencia de sangre de la herida,

y un yo, mi yo penúltimo,

que sólo pide olvido, sombra, nada,

final mentira que le enciende y quema.

De una máscara a otra

hay siempre un yo penúltimo que pide.

Y me hundo en mi mismo y no me toco.

De “Libertad bajo palabra” de Octavio Paz

Mil máscaras

Muchas veces me veo fingiendo,

fingiendo ante la gente, ante la vida, ante mi.

Diciendo cosas que no pienso,

y pensando cosas que no siento,

recordando momentos que no han sucedido,

y deseando sueños que no necesito.

Engañándome con miedos que no tienen sentido,

y protegiéndome con escudas mentiras,

de todo aquello que me hace ser distinto.

Es como si quisiera no defraudar a nadie,

como si me impusiera caer bien a todo el mundo,

como si tuviera mil máscaras,

con las que dar a cada uno de lo suyo.

Hay veces en las que no me atrevo a decir no,

en las que tengo miedo a expresar lo que pienso,

en las que algo me impide mostrar,

todo lo que aquí dentro tengo.

Y me escudo tras una afirmación o una sonrisa,

tras un guiño o un “ lo que tu digas”.

No me atrevo a expresar verdaderamente lo que siento,

me importa más lo que de mi digan,

que lo que yo les cuento,

me importa más ganarme por encima de todo su cariño,

que ser con orgullo yo mismo,

me importa más darles continuamente la razón,

que utilizar mi criterio aunque no me den su aprobación.

Finjo, finjo para no caer mal a la gente para ganarme de cada uno de ellos su respeto,

para tener la irreal ilusión de que me quieren,

para sentirme protegido en un mundo que no comprendo.

Finjo, y cada vez me siento más perdido,

más alejado de lo que verdaderamente quiero,

aunque tal vez ahí esté el principio de todo,

que no sé muy bien qué es lo que deseo,

que no sé muy bien como soy,

que no sé cuál es el camino ni a donde voy.


Alfredo Cuervo Barrero

 

 

Sólo son palabras

¿ Por qué nos duelen tanto las palabras?,

dejamos que entren en nosotros,

apenas ya hayan sido escuchadas,

provengan de donde provengan nos afectan,

se clavan en nuestra cabeza como un eco,

que se expande y no para de darnos vueltas,

que murmulla y retumba a sus anchas,

hasta que cansado y victorioso se aleja,

dejando tras de sí los rastros de su presencia,

desmantelando el poco orden ya habituado,

a deshacerse con cada nueva esporádica tormenta.

Las cogemos y parece que ya no podemos soltarlas,

sobre todo a las que nos hieren,

a esas no nos basta con aceptarlas,

tenemos que repetírnoslas hasta que nos sangran,

siempre ajenas e insospechadas,

las que menos piensas son las que más te calan.

No hay porqué defenderse contra estas estacas,

la mayoría de las veces se alardea más de su dureza,

que de la profundidad y sentido con la que están hechas,

a través de ellas conocemos a quien las expresa,

sino sabe tratarlas ese es su problema,

insultos, desquites, rabias, ofensas,

nuestros oídos con éstas tienen que estar llenos de cera,

no han de merecer ni la más mínima respuesta.

Porque… y si en el fondo no fuesen mas que nada,

impresiones, las escogemos o las ignoramos,

depende de nosotros que sean invitadas bienvenidas,

o huéspedes intrusos que pasean por nuestra morada,

y es que casi siempre parece que acaban por olvidarse,

ya sean promesas irrompibles juradas con el alma,

sueños soñados sedientos de un futuro que no se alcanza,

ilusiones alimentadas llenas de la mejor esperanza,

se quedan en humo si al final la acción no las acompaña,

si todo esto sólo existe tras coartadas de palabras.

Por eso prevalecerá un solo abrazo sobre un “te deseo”,

una sincera compañía sobre un ” qué tal el día”,

un compartido silencio sobre historias vacías,

una simple caricia sobre miles de frases repetidas.

apenas ya hayan sido escuchadas,

provengan de donde provengan nos afectan,

se clavan en nuestra cabeza como un eco,

que se expande y no para de darnos vueltas,

que murmulla y retumba a sus anchas,

hasta que cansado y victorioso se aleja,

dejando tras de sí los rastros de su presencia,

desmantelando el poco orden ya habituado,

a deshacerse con cada nueva esporádica tormenta.

Las cogemos y parece que ya no podemos soltarlas,

sobre todo a las que nos hieren,

a esas no nos basta con aceptarlas,

tenemos que repetírnoslas hasta que nos sangran,

siempre ajenas e insospechadas,

las que menos piensas son las que más te calan.

No hay porqué defenderse contra estas estacas,

la mayoría de las veces se alardea más de su dureza,

que de la profundidad y sentido con la que están hechas,

a través de ellas conocemos a quien las expresa,

sino sabe tratarlas ese es su problema,

insultos, desquites, rabias, ofensas,

nuestros oídos con éstas tienen que estar llenos de cera,

no han de merecer ni la más mínima respuesta.

Porque… y si en el fondo no fuesen mas que nada,

impresiones, las escogemos o las ignoramos,

depende de nosotros que sean invitadas bienvenidas,

o huéspedes intrusos que pasean por nuestra morada,

y es que casi siempre parece que acaban por olvidarse,

ya sean promesas irrompibles juradas con el alma,

sueños soñados sedientos de un futuro que no se alcanza,

ilusiones alimentadas llenas de la mejor esperanza,

se quedan en humo si al final la acción no las acompaña,

si todo esto sólo existe tras coartadas de palabras.

Por eso prevalecerá un solo abrazo sobre un “te deseo”,

una sincera compañía sobre un ” qué tal el día”,

un compartido silencio sobre historias vacías.

Alfredo Cuervo Barrero

“No intentes enterrar el dolor: se extenderá a través de la tierra, bajo tus pies; se filtrará en el agua que hayas de beber y te envenenará la sangre. Las heridas se cierran, pero siempre quedan cicatrices más o menos visibles que volverán a molestar cuando cambie el tiempo, recordándote en la piel su existencia, y con ella el golpe que las originó. Y el recuerdo del golpe afectará a decisiones futuras, creará miedos inútiles y tristezas arrastradas, y tú crecerás como una criatura apagada y cobarde. ¿Para qué intentar huir y dejar atrás la ciudad donde caíste? ¿Por la vana esperanza de que en otro lugar, en un clima más benigno, ya no te dolerán las cicatrices y beberás un agua más limpia? A tu alrededor se alzarán las mismas ruinas de tu vida, porque allá donde vayas llevarás a la ciudad contigo. No hay tierra nueva ni mar nuevo, la vida que has malogrado malograda queda en cualquier parte del mundo”.

“Beatriz y los cuerpos celestes” de Lucía Etxebarría

“A veces, uno cree que todo lo ha olvidado, que el óxido y el polvo de los años han destruído ya completamente lo que, a su voracidad, un día confiamos. Pero basta un sonido, un olor, un tacto repentino e inesperado, para que, de repente, el aluvión del tiempo caiga sin compasión sobre nosotros y la memoria se ilumine con el brillo y la rabia de un relámpago”.

“La lluvia amarilla” de Julio Llamazares

Silencio

Así como del fondo de la música

brota una nota

que mientras vibra crece y se adelgaza

hasta que en otra música enmudece,

brota del fondo del silencio

otro silencio, aguda torre, espada,

y sube y crece y nos suspende

y mientras sube caen

recuerdos, esperanzas,

las pequeñas mentiras y las grandes,

y queremos gritar y en la garganta

se desvanece el grito:

desembocamos al silencio

en donde los silencios enmudecen.

Octavio Paz

Poema de La Despedida

Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste… No sé si te quería…
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

Este cariño triste, y apasionado, y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho… no sé si te amé poco;
pero sí sé que nunca volveré a amar así.

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré…
pero al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mí…
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.

José Ángel Buesa

Me dueles

Me dueles.

Mansamente, insoportablemente, me dueles.

Toma mi cabeza, córtame el cuello.

Nada queda de mí después de este amor.

 

Entre los escombros de mi alma búscame,

escúchame.

En algún sitio mi voz, sobrevíve, llama,

pide tu asombro,

tu iluminado silencio.

 

Atravesando muros, atmósferas, edades,

tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)

viene desde la muerte, desde antes

del primer día que despertara al mundo.

 

¡Qué claridad tu rostro, qué ternura

de luz ensimismada,

qué dibujos de miel sobre hojas de agua!

 

Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.

Soy como el hijo de tus ojos,

como una gota de tus ojos soy.

Levántame, de entre tus pies levántame, recógeme,

del suelo, de la sombra que pisas,

del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.

Levántame. Porque he caído de tus manos

y quiero vivir, vivir, vivir.

Jaime Sabines

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